lunes, 12 de enero de 2015

Adolfina Villanueva









Nircia R. Del Rosario MeléndezHorizonte
En la memoria de Agustín Carrasquillo Pinet aún están muy frescos los acontecimientos ocurridos aquella mañana del 6 de febrero de 1980 en la que un disparo, proveniente del arma de un policía, le arrebató la vida a Adolfina Villanueva, su esposa.
“Los vamos a sacar vivos o muertos”, recordó el pescador que dijo uno de los 16 agentes acompañados por seis alguaciles y varias máquinas que llegaron hasta el lugar con una orden judicial para desahuciar a la pareja de su humilde residencia en madera en la comunidad de Tocones, la cual construyeron después de casarse y en la que vieron nacer a sus seis hijos. El padre de Adolfina le regaló el terreno donde vivían.
Las 7:00 a.m. de ese día marcó el comienzo del fin de esta familia.
“Ese día me levanté temprano. Iba para Vega Baja a coger jueyes. Entonces se puso una nublazón. Los nenes estaban en la escuela. Habían tres en la escuela. El mayor estaba en casa, Agustín, que tenía 12 años cuando eso, y los más pequeños Zaida y César. Cuando yo me siento en el balcón le dije a ella (Adolfina) yo no voy para allá a esta hora. Cuando veo venir todo ese montón de policías. Se fueron por allá por la playa”, comenzó a narrar a Horizonte el pescador, sentado en el balcón de su actual casa en Villa Cristiana, Loíza.
En un principio, él pensó que se trataba de un robo en la casa de su vecino. "Pero tumban el portón y empezaron a disparar desde la playa para dentro de la casa. Nos encerraron. Empezaron a tirar bombas de humo. Cuando la mujer mía vino para encima de mí, vino un policía y le disparó”, continuó Carrasquillo Pinet tras desmentir que Adolfina salió con un machete en la mano a enfrentar a los policías y a defender su casa y sus hijos. Él tampoco estaba armado.
El sargento Víctor Estrella, identificado como el que haló el gatillo de la pistola que mató a la mujer de 34 años, fue absuelto del juicio.
“Él no fue preso ni lo desarmaron”, mencionó Carrasquillo Pinet, quien recientemente vio al agente trabajando en el cuartel de Río Grande. “En el caso no se hizo justicia. Es claro que fue porque éramos pobres. Abusaron”, agregó.
A segundos de que Adolfina cayera en el suelo del corral de cerdos, a donde corrió para estar junto con su esposo, éste recibió cuatro disparos en su pierna izquierda.
El viudo mostró a este semanario las marcas en su pierna, que aún permanecen luego de 31 años, tras las operaciones para colocarle tornillos y pesas en el área afectada.
No pudo precisar en que parte del cuerpo Adolfina recibió el disparo mortal, aunque según informes policiacos su muerte la ocasionó una herida en el costado. En medio de su dolor, tampoco supo si su esposa por diez años murió en el acto o en el Centro Médico de Río Piedras a donde los trasportaron desde el Centro de Diagnóstico y Tratamiento (CDT) de Río Grande. Allí se enteró sobre el deceso de Adolfina.
De no ser porque su madre llegó corriendo, la aplanadora que destruyó su hogar hubiese segado la vida de los tres menores que estaban dentro de éste, indicó el hombre de 65 años, que se fue a vivir con su progenitora y sus hijos al sector Colobó hasta que se casó con Anastacia Matos.
En los alrededores del lugar construyeron complejos de viviendas y hospedaje, pero “en la parte donde estaba la casa lo dejaron limpio. No lo tocaron. Lo que hicieron fue un daño sin provecho”, mencionó Carrasquillo Pinet, quien no había regresado al área hasta hace algunos meses.
Para él, lo que ocurrió hace más de tres décadas fue una injusticia. Por largos años, luchó en la corte para que no le quitaran su vivienda. Acudió a La Fortaleza y al Capitolio. Todo fue en vano. “Estábamos luchando contra un cocotú, gente de dinero”, lamentó.
“Yo oí decir que Berito Quiñónez (dueño de la finca) dio $15 mil al jurado para que fallara a favor de él”, comentó.
De sus hijos, sobreviven cuatro. Tres de ellos viven en Estados Unidos. Ninguno de ellos guarda un recuerdo de su madre, descrita como una mujer de carácter fuerte, dedicada a sus hijos y religiosa. Todo quedó debajo de los escombros. Pero aun así, “ellos no tienen rencor. Nosotros los criamos decentes”, dijo su padre quien junto con su nueva esposa educó a sus retoños.
A preguntas de qué le parece que Adolfina se haya convertido en símbolo de lucha para las comunidades a punto del desalojo, el pescador expuso que “hay que recordar lo que pasó para que no ocurra lo mismo”.
Añadió que “no me gustaría que pasara lo que nos pasó. El Gobierno está pisoteando al pobre. Estamos viviendo una vida bien mala”.
Aprovechó, además, para enviar un consejo a los policías para que este suceso, “que nunca aquí en Puerto Rico había pasado” se repita.
“Tienen que pensar primero lo que van a hacer. No es justo quitarle la vida a alguien. De milagro de Dios, esos nenes no me los mataron. “Los policías no tienen control de las vidas”, sostuvo.